Parentalización: cuando un hijo hace de padre o madre de su propio padre

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Tiene once años. Cada noche, cuando su madre llega agotada, es él quien le pregunta cómo ha ido el día, quien prepara la cena de su hermana pequeña y quien escucha las quejas sobre su padre desde la separación. Nadie se lo pidió de forma explícita. Simplemente, un día, empezó a hacer falta.

Eso es la parentalización: un hijo que asume de forma sostenida responsabilidades que corresponderían a un adulto. Una revisión sistemática publicada en 2023 la define como la situación en la que niños o adolescentes se ven obligados a asumir roles y responsabilidades propios de un padre o de un adulto que no corresponden a su momento evolutivo.

Un problema de jerarquía

La terapia estructural de Salvador Minuchin ofrece una imagen muy clara para entenderlo: una pirámide. Arriba están los padres, abajo los hijos. Los problemas aparecen cuando esa jerarquía no está clara, cuando los límites entre subsistemas se vuelven difusos o cuando uno de los hijos «sube» al nivel de los padres.

Ocurre, por ejemplo, cuando un hijo sustituye a un progenitor ausente, sea por una separación o por jornadas laborales interminables. A veces ese hijo llega a ocupar un lugar casi de pareja o de confidente del otro progenitor.

Esto no significa que la jerarquía deba ser rígida. No es lo mismo un hijo de tres años que uno de dieciséis, al que conviene escuchar más e incluir en algunas decisiones familiares. La estructura sana se va ajustando al ciclo vital. La parentalización es otra cosa: responsabilidades que no le tocan por edad.

Lo difícil de detectarla es que, desde fuera, no parece un problema. Es ese niño «tan maduro para su edad» que todos elogian, sin ver que está cargando con responsabilidades que no le corresponden.

Dos formas de parentalización

Instrumental

El hijo se ocupa de mantener la casa en marcha: comidas, tareas domésticas, cuidado de hermanos, trámites o incluso asuntos económicos.

Emocional

El hijo atiende las necesidades emocionales de la familia: escucha los problemas de un progenitor, lo consuela o media en sus conflictos. Deja menos rastro visible, y por eso cuesta más verla.

En qué familias suele aparecer

Casi nunca es una decisión consciente de los padres. Es la forma en que un sistema familiar sobrecargado se reorganiza como puede. Algunos contextos frecuentes:

  • Separaciones conflictivas, en las que los adultos, en lugar de afrontar su propio duelo de pareja, trasladan al hijo sus conflictos y le atribuyen un criterio de adulto.
  • Conflicto de pareja que baja a los hijos. Por eso es tan útil diferenciar la parentalidad (funciones como padres) de la conyugalidad (la relación como pareja).
  • Un hermano con una enfermedad grave o una discapacidad. La atención familiar se vuelca en él y el otro hijo queda en segundo plano o pasa a encargarse de su hermano.
  • Progenitores que se sostienen emocionalmente en sus hijos. Es una jerarquía invertida en lo afectivo: en lugar de nutrir, el adulto se nutre del niño.

No siempre es patológica, pero tiene un coste

Que un hijo colabore en casa no es un problema. La misma revisión recoge que la parentalización puede ser adaptativa cuando es de intensidad moderada, dura un tiempo limitado y lo que el niño aporta se reconoce y se valora. Influyen también el apoyo social con el que cuenta y si percibe la situación como justa.

Cuando es intensa y sostenida, el coste aparece más tarde. Un metaanálisis de 12 estudios con 2.472 personas encontró una relación pequeña pero consistente entre la parentalización vivida en la infancia y la presencia de psicopatología en la edad adulta.

Qué se trabaja en consulta

El objetivo no es culpabilizar a los padres, sino devolver a cada miembro de la familia su lugar. Algunas líneas de trabajo habituales desde el enfoque sistémico:

  • Mirar la estructura, no solo escuchar el relato. Dónde se sienta cada uno ya dice mucho. El hijo que se coloca entre sus dos padres o siempre al lado de uno de ellos ofrece una pista. Minuchin, de hecho, intervenía cambiando a la familia de sitio.
  • Explorar la historia familiar. El genograma permite ver quién se ocupaba de cuidar a quién y si ese patrón se repite de una generación a otra.
  • Separar el conflicto de pareja de la función parental, para que los adultos lo resuelvan entre ellos y el hijo deje de hacer de mensajero o de confidente.
  • Ayudar a los adultos a recuperar las funciones que delegaron, con el ritmo que la situación de la familia permita.
  • Dar su espacio al hermano «que está bien». Cuando otro hijo está enfermo, conviene recordar que él también sigue siendo hijo y necesita ratos de exclusividad con su padre y con su madre.

Es un trabajo lento, porque ese rol ha sido durante años su manera de tener un lugar en la familia. Devolverle el permiso de ser, simplemente, un hijo suele ser el verdadero punto de partida.