Los límites de la confidencialidad: cuándo un psicólogo debe romper el secreto profesional
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Un paciente lleva varias sesiones hablando de lo cansado que está de todo. Un día cambia el tono: ya no habla de cansancio, habla de cómo y de cuándo. Es el momento en que cualquier psicólogo se pregunta dónde están los límites de la confidencialidad y si toca romper el secreto profesional.
Esa pregunta no debería responderse por primera vez en ese instante. Lo que dicen las normas y lo que se pacta en la primera sesión deciden casi todo.
El secreto profesional es la regla
El Código Deontológico del Psicólogo es claro. Su artículo 40 dice que toda la información recogida en el ejercicio profesional está sujeta a un deber y a un derecho de secreto. Y que solo el consentimiento expreso del cliente puede eximir de él.
No es solo una cuestión ética. El artículo 199.2 del Código Penal castiga con prisión e inhabilitación al profesional que divulga secretos ajenos incumpliendo su obligación de sigilo. Sin ese secreto, además, nadie contaría en consulta lo que de verdad necesita contar.
Cuándo hay obligación de comunicar
El Código Deontológico no incluye una lista de excepciones. Las obligaciones de comunicar vienen de otras normas, y cada una tiene un alcance concreto:
- Violencia sobre menores. La LOPIVI (Ley Orgánica 8/2021), en su artículo 16, exige a quien atiende a menores por su profesión comunicar de inmediato los indicios de violencia a los servicios sociales. Incluye expresamente al personal cualificado de los centros sanitarios. Si la salud o la seguridad del menor está amenazada, también a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad o al Ministerio Fiscal.
- Malos tratos a cualquier persona. El artículo 8 del Código Deontológico obliga a informar, al menos al Colegio, de los malos tratos que se conozcan en el ejercicio profesional.
- Delitos graves contra terceros. El artículo 450 del Código Penal castiga a quien, pudiendo hacerlo, no acude a la autoridad para impedir un delito contra la vida, la integridad o salud, la libertad o la libertad sexual de las personas del que sabe que se va a cometer o se está cometiendo.
El riesgo para la propia vida del paciente adulto no aparece en ninguna de estas normas. La referencia más cercana es el artículo 9.2.c del Reglamento General de Protección de Datos. Permite tratar datos de salud sin consentimiento cuando es necesario para proteger intereses vitales y la persona no está capacitada, física o jurídicamente, para darlo.
Es un supuesto estrecho, y cada caso tiene matices. Ante la duda, lo prudente es consultar a la Comisión Deontológica del Colegio Oficial de Psicología correspondiente. Si el peligro es inminente, el teléfono es el 112. La Línea 024 atiende a personas con ideación suicida y a sus familiares.
Decidirlo antes: el encuadre de la primera sesión
El límite se explica el primer día, con adolescentes y con adultos. Todo lo que se hable es confidencial, siempre que no haya riesgo para la propia persona o para otra. Así, si llega el momento de actuar, nadie lo vive como una traición.
En ese mismo encuadre conviene pedir un contacto de emergencia. Lo elige el paciente, y no tiene por qué ser su madre ni su padre. Si ya se sospecha riesgo, se le facilitan también teléfonos y recursos a los que acudir.
Con menores, los padres han autorizado la terapia y el encuadre deja claro que se les informará si hay riesgo. Aquí manda el sentido común.
Que una niña cuente que ha cogido una goma de borrar no es lo mismo que cuente que alguien la toca. En el segundo caso se habla con la familia, y a la niña se le dice: «no te preocupes, voy a estar contigo». Si hay indicios de violencia, se activa además el deber de comunicación de la LOPIVI.
«No es mi problema»: una frase interna, no una frialdad
Es una frase para uso interno del terapeuta, no para decírsela al paciente. No significa desentenderse. Significa no convertir el problema del otro en propio para poder seguir ayudando.
La imagen es la del socorrista. Si se lanza sin control y se agarra a quien se ahoga, se hunden los dos. Tiene que quedarse en la superficie para poder sacarlo.
Acompañar no es hacerse cargo
Decir «vamos a buscarlo juntos» no es lo mismo que decir «no te preocupes, ya lo busco yo». Lo primero mantiene al paciente en movimiento. Lo segundo le quita capacidad de acción.
Pasa a veces con adolescentes que piden «habla tú con mis padres». La respuesta útil es preguntar por qué y preparar la conversación con ellos, incluso con un role play. El terapeuta puede abrir la puerta avisando a los padres de que su hijo quiere contarles algo, pero quien habla es el chico. Si trabajas con esta edad, te puede interesar también los tipos de adolescentes que llegan a consulta.
También hay pacientes que cuentan cosas buscando un cómplice, no un tratamiento. El terapeuta no es un confesor. Si algo se cuenta, es para trabajarlo, y el encuadre ya dejó claro dónde está el límite.