Por qué en terapia sistémica el síntoma nunca es «del paciente identificado»
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Unos padres traen a su hijo de catorce años porque ha empezado a suspender y a contestar en casa. Él es, para todos, «el que tiene el problema». En terapia sistémica se le llama paciente identificado: la persona que la familia señala y trae a consulta.
Al cabo de unas sesiones aparece algo más. Hace meses que los padres casi no hablan entre ellos. Cuando lo hacen, es para hablar de él. El síntoma, visto así, ya no parece solo suyo.
El síntoma es relacional, no intrapsíquico
El enfoque sistémico parte de una idea de base. El problema del paciente no está solo dentro de él, sino en sus relaciones. El síntoma cumple una función en los vínculos más cercanos, y sobre todo en la familia, que es donde más tiempo convivimos y aprendemos.
Por eso el síntoma se entiende como la punta de un iceberg. Es lo que trae el paciente, pero no conviene quedarse ahí. Debajo hay dinámicas familiares que, en su momento, sirvieron para sobrevivir, aunque hoy ya no funcionen.
El «para qué», no el «por qué»
Un enfoque lineal busca la causa: qué provocó el síntoma y cuándo empezó. La terapia sistémica trabaja desde la circularidad y cambia la pregunta. No se pregunta por qué existe el síntoma, sino para qué le sirve a esa persona dentro de su familia.
La imagen que se usa en la formación es la de un dron. En vez de mirar siempre desde el mismo sitio, el terapeuta se mueve y observa la escena desde varios ángulos. Así ayuda a la familia a construir juntos una nueva narrativa del síntoma.
Una herramienta para eso son las preguntas circulares. No se pide a cada uno que diga cómo se siente él, sino cómo cree que se siente el otro. Es una forma de trabajar la empatía dentro de la propia sesión.
La homeostasis: por qué aparece el síntoma
Las familias tienden a mantener su equilibrio. Cualquier cambio del ciclo vital, como la llegada de la adolescencia o la marcha de los hijos, puede vivirse como una amenaza. A veces, para seguir manteniendo ese equilibrio, aparece un síntoma.
Tiene sentido que muchas familias consulten antes por un hijo que por su relación de pareja. Es más fácil pedir ayuda para el pequeño que reconocer un conflicto conyugal. Herramientas como el genograma ayudan a ver estas dinámicas.
Una hipótesis que cambia la mirada
Algunos terapeutas sistémicos trabajan con una hipótesis construida a lo largo de años de práctica clínica. El paciente identificado sería, muchas veces, el miembro más sano de la familia. El más valiente, el más leal, el más sensible.
Es una hipótesis de trabajo, no una ley. Pero cambia la mirada: donde se veía a alguien enfermo, se busca a alguien que sostiene algo que no le corresponde solo a él. A veces son mandatos o legados que la familia arrastra sin haberlos puesto nunca en palabras.
La metáfora del disfraz de Caperucita
De pequeños nos ponen un disfraz para no ser abandonados y para sentirnos reconocidos. Nos enseñan a ser buenos, generosos y amables, como Caperucita. Con los años, ese disfraz pica, aprieta y ya no sienta bien.
La terapia es la oportunidad de ver que a veces toca ser el lobo, a veces el cazador y a veces la abuelita que se esconde. El paciente puede elegir qué papel quiere en este momento de su vida, en vez de quedarse atrapado en el que le asignaron.
Por qué esto importa en la práctica
Mirar el sistema no significa ignorar el síntoma. El motivo de consulta genera sufrimiento y hay que atenderlo. También hay que distinguir qué es neurológico, qué es emocional y qué es relacional, y para eso la coordinación con otros profesionales es clave.
Lo que advierte este modelo es otra cosa: empeñarse en eliminar un síntoma sin entender su función puede tener un coste. Si esa función sigue ahí, el síntoma puede desaparecer y dar paso a otro, a veces más grave. Por eso, antes de retirarlo, conviene escuchar qué está diciendo.
Otra herramienta ayuda a separar a la persona de su etiqueta. Se trata de que el paciente pueda decir «yo soy Ana, con mis cualidades y mis fallos, pero no soy esta tristeza». Separar a la persona del diagnóstico abre espacio para mirarla, y para que se mire, de otra forma.